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La mujer que nunca lloró

Por: Redacción Digital

Oscar López Reyes 

Era serena, fría e inalterable. Acostumbraba acurrucarse impasible, ondulando su mechón castaño dorado.  Valeriana no lloró nunca, ni siquiera por amor platónico. Jamás derramó lágrimas, y esa rareza generó las opiniones y especulaciones más intrigantes y expectantes, encantadoras y mal parecidas.

Aunque las feministas radicales la metieran en una celda, por su suavidad para amansar a la masculinidad de frente gordinflona, Valeriana obsequiaba una tenue sonrisa a flor de labios y persuadía, con una gestualidad afectiva, a los aburridos y a las mujeres perturbadas por la soledad sentimental.

Auténtica en su temple de Diosa de la empatía emocional, a estas últimas repetía que más vale vivir en la relajante separación meditativa que en el sufrimiento de maridos odiosos y malditos, de esos que pisotean con el hocico y apagan la vida hasta con la mirada. 

– ¿Quieres que clonemos a esta carismática, con trascendencia comunitaria…?

Valeriana no parecía de esta raza. Retoñó como una majestuosa que se afanaba por variar a las rebeldes y lloronas. Y refería, como un espejo elocuente, a las telenovelas: si las mujeres no están besándose, aparecen destilando gotas de sus ojos, compungidas por un despecho o una incomodidad.

Buena vecina, no se alborotaba ante los hechos más asombrosos, y razonaba con dulzura y convencimiento. Cuando le secretearon que su enamoradizo esposo despidió de su empresa a su secretaria por ser super atractiva, y que luego tiró una canita en el aire, se tardó más de un mes para hacerle la referencia, con un son coqueto.

– ¡Qué sumisa más cabrona, y nauseabunda!, exclamó Demetria, quien advirtió que no se somete a la voluntad de ningún hijo de perra.

Contrario a la plebe y problemática de Demetria, hasta en los momentos de desgracias Valeriana se mantenía inconmovible, envuelta en el optimismo más insólito y hasta irracional. No protestaba y aceptaba, muy conforme, los fatales diagnósticos de salud de hijos y otros parientes.

Tampoco sollozó, ni apenas aquella tardecita de verano que, en su presencia, su madre dejó de suspirar hasta la eternidad, en el cobijo de su hogar. Sintió que un soplo de vientos corrió, con lentitud, por el piso, y que la centenaria se balanceaba, como una superiora, en su mecedora del balcón.  

Rota del dolor, Valeriana se recogió los cabellos, se sumergió en la nostalgia más anciana, recordando a su papá ido, y mentalmente se esforzó para descomponerse los nervios y soltar secreciones de la vista, pero no consiguió gemir. Ante esa imposibilidad, besuqueó y abrazó acaloradamente los despojos mortales de su progenitora. Con el índice, le tocó ligeramente la nariz.

A seguidas, por teléfono le avisó a una hermana: “acaba de fallecer…”. Esta consanguínea estalló en llantos, y en esa lejana casa también se escuchó el griterío de las nietecitas.

La faceta psicológica de Valeriana intrigó a los vecinos, que murmuraban cómo ha durado tantos años con los huesos sanos     -y segura, radiante y feliz-, sin desahogarse y liberar las tensiones y el estrés a través de los jamaqueos corporales y los quejidos en voz alta.

– ¿Sufre de alexitimia…? 

Esa pregunta rodaba por parques y callejones, con la popularidad de Caperucita Roja.

Y conocedores de la enfermedad salían al frente: ¡hurra! ¡hurra!, postulando que las personas alexitímicas no experimentan sensaciones ni sentimientos. A ellas sólo les falta comer caimanes, ya que carecen de afectividad, creatividad y sociabilidad, y en su monotonía no sienten ni padecen. 

Antes y después de ese duelo, en sus guiños expresivos lucía detallista y comprensiva, en su mansedumbre de paz. Rebosante de calma y paciencia, comía galletas de crema y se deleitaba regalando flores, golosinas y objetos de oro, sin preocupación por el futuro. Sólo saboreaba el presente, en el lienzo de la alegría.

Para Valeriana, quien llevaba más de 60 años en romance con su pareja -cifraba los 80 años de edad-, un montón de féminas se asfixia en la garganta del Diablo, “en pleno valle de la muerte matrimonial”, debido a que quieren que sus hombres les adivinen lo que piensan y lo que se les antoje. 

– ¡Ah!, y como si fuera poco, hasta lo empujaba si no hacía todo   -sin menear la lengua- a su imagen y semejanza.

A esta doncella atípica del pragmatismo nupcial le martillaba, como si tuviera una astilla clavada en la cabeza, el permanente berrinche de Demetria con su casado, el señor Ochén, a quien tuvo que vocearle: “bótala, bótala, que fuñe demasiado, pero no te lo corte”.

Hastiado porque Demetria se comportaba con la ira de un cachorro de león saturado de pulgas, que hasta le prohibía la oración al grosero de Ochén, quien había amenazado con mocharse su naturaleza y tirarla en el inodoro. 

– ¡Resguárdalo, Dios mío!

En sus rezos cotidianos, esta dama rendía pleitesía a las mujeres, que entendía no eran de Marte ni de Venus. Imploraba porque fuera borrado el mito del segundo sexo, bajo la indicación de que genéticamente aventajan a los caballeros.

Y, aferrada a la fe que vigorizaba su discurrir vivencial, suplicaba por el desmoronamiento de las trampas patriarcales, por el consentimiento de la igualdad de género y los derechos de nosotras, sin trasnochados hembrismos ni machismos.

Con su maquillaje peculiar, Valeriana acotaba que en su encariñamiento alocado y su creencia de que las hembras son de su goce sin límite temporal, cuando viriles con bigotes de gato son sentados en el vagón para solteros, saltan como poseídos por un santo endemoniado, y por doquier riegan veneno de sapo.

.- ¡Uuummmm!:

– Son monedas que encogen las barrigas y dan calambres los conjuros esotéricos, la precipitación en el enfado histérico por el microbio de las discordias y la pretensión de arrancarles los testículos a los antipáticos de frentes anchas.

Y, en la posada de la sequedad lacrimal, exponía:

– La verbalización afectiva -sin la mala leche del amor iluso y engañoso- gira como el sumo chaleco salvavidas.

A las que querían fugarse de los ventarrones tóxicos y la soltería, les pedía que se hicieran las chivas distraídas y se olvidaran de los maridos infieles porque, a la larga, todos lo son hasta en los más remotos caseríos de la corteza terrestre. 

Y, más que castigarlo por herejes, encaja en el alivio recrearse en un árbol bien hidratado y navegar como un pez en aguas frías del más profundo lecho marítimo, como esta cristiana.  

Usualmente, Valeriana practicaba el buceo libre, inmensa en los corales más hondo del mar, donde en horas de la noche acariciaba -sin miedo a un ataque mortal- las quijadas, con 48 dientes aserrados, y la piel de un tiburón letal: el tigre.

Esta dama palpitaba sin remordimiento, con sobrado coraje y sin doblegarse en el pico de las adversidades, porque su biblia, su iglesia, su almohada solidaria en sus excelentes relaciones interpersonales y las psicoterapias orales a sus iguales obraban como un alimento emocional y una expulsión de pensamientos negativos.

Ella sazonaba, sin bloqueo de ningún pelaje, que sus consejos a las amigas gruñonas en su mal genio y su “jobi” de convertirlas en juguetonas y llevaderas, le satisfacían más que un manjar, en vista de que le traían bienestar y salud.

En la fecha de su cumpleaños, un día en que la claridad se ausentó, buscó unos exámenes de laboratorios, y cuando su médico le reveló los resultados fatídicos, le tiró un chiste y le respondió: 

– ¡Estoy preparada para viajar tranquila al paraíso, y ser feliz cuando abrace al divino creador!

Al tiempecito, las callejuelas de la vieja ciudad quedaron nubladas y pesarosas. Sus orillas se arrugaban atrofiadas, y ni en la habitación de Valeriana penetró un haz de luz. Expiró, dócilmente, en la penumbra de ese horizonte.

Tendida en la cama de su casa, en su rostro reluciente le leía: 

– “¡Soy un milagro del Evangelio! 

Ella no pudo lanzar un inundado lamento tan sólo disimulado, y no supo por qué de su incapacidad para que, siendo chiquitica ni siendo una viejita, por sus pómulos bajara agua salobre. Se marchó al firmamento, sin responderse esa interrogante.

En los lugareños, la poderosa personalidad de Valeriana curioseaba con perspicacia, por lo que reclamaron a viva voz que no fuera sepultada sin hacerle una exploración científica. Como no fueron escuchados, todos los días en su tumba se producía una protesta de ancianos, que se hacían acompañar de vacas gordas y hormigas con famas y fortunas.

La sepultura se volvió otra montaña del Dragón, y para que la fuerza humana no siguiera devastando el ecosistema del camposanto, se dispuso su desenterramiento, a fin de estudiar minuciosamente la composición de todos sus órganos internos. Por la apuesta, miles se pegaron a las paredes, pálidos de la ansiedad.

Los patólogos y antropólogos observaron cuando quitaron la lápida, abrieron la catacumba y sacaron el ataúd, en el crujir de dientes. Valeriana estaba boca arriba y vestida con un traje blanco platino, que le abrazaba los pies. Dormía con el estómago vacío, sin sobresaltos…

En el cementerio había tantos equipos médicos que, como un relámpago, se informó que en breve darán a conocer los resultados y que estaban procediendo a tapar la fosa. En ese instante, se agitó la vegetación, desde donde salían lagartijas verdes y otros invertebrados, y por los aires se paseaban, con cantos fúnebres, palomas alas blancas y gorriones.

Ya en su morada interminable, se anunció que Valeriana fue bendecida, porque su aparato neurológico poseía un caparazón protector hereditario. A este fenómeno fisiológico se unió su vigoroso equilibrio espiritual, moldeado a brega de inteligencia, que englobó la exhibición de una rosa de amor y el uso del anillo verde de la esperanza.

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